EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 17 de abril de 2017

MARTÍN DE SOUZA



En general, escribo poemas a partir de un concepto general, una idea directriz: si bien cada poema implica su escritura autónoma, la considero solidaria con los otros poemas de un libro. Concepto, imagen y sonido, desde mi punto de vista, son los puntos clave a tener en cuenta y trato de proponer un equilibrio en ello. 

Los poemas que escribo parten muchas veces de la lectura, de la realidad y de la misma escritura, en forma conjunta. La percepción, lo que la memoria hila a través de los años y el proceso metafórico que pone en juego la imaginación, son los materiales que las palabras instalan en la superficie del poema y en su significación, con la intención de recapturar —aunque parezca una utopía a estas alturas del mundo posmoderno— algo de la experiencia que se vuelva disruptiva y marque una nueva puntuación del tiempo. 

Considero que el poema es una oportunidad de conmover y dejarse conmover, una vía hacia un conocimiento del mundo que asume la complejidad. Los seres humanos pensamos, sentimos y percibimos y son todas acciones corporales, como respirar. De allí que creo central la vinculación del cuerpo y la escritura poética, no sólo como un aspecto temático del texto, sino ligado al placer/goce que intenta promover, al ritmo personal con que uno lee en voz alta los poemas al revisarlos para su reescritura una y otra vez, como un mantra, una reverberación; sin embargo, una vez terminado ese proceso, igualmente está sujeto a la variación del canto como el juglar lo hacía según su auditorio.


Poema

Novela Familiar (fragmento)

4.

Has vuelto en mi frente marchita, en las ruinas.
Qué soplo tan débil es toda una vida, ¿sabés, viejito?
Estás ahora haciendo de nuevo de las tuyas,
tus propios y solitarios proyectos, como este
gran taller de chapa y pintura que nunca
terminarás de construir con tus deseos
pero las paredes de la casa se cubren de grietas,
el cielo raso del techo se derrumba a pedazos
en cada tormenta, y el pasto crece
hasta que el jardín se vuelve una selva, un terreno baldío 
de una casa devastada. Sólo con los ojos cerrados,
el corazón de esa casa sigue allí: en la cocina,
el hijo y su madre hablaban del amor mezclado
en los guisos perfumados con laurel, y aparecías cansado
las manos sucias de tanto trabajar en el taller
y tus órdenes y dichos prácticos en contra
de los sueños: “tiempo que se pierde no se recupera 
jamás” ¿es así, viejito? En la habitaciones 
sin intimidad alguna se abrían las páginas
aún vacías de novelitas policiales, de aventuras
y poemas melancólicos como un modo feliz
para que la imaginación abrevie el tedio de los días.
En el patio revestido de una parra, florecía el rosal,
y el limonero donde fiel enterrarás a tus perros.
Pero la culpa es una cavidad en nuestro corazón, 
un ventrículo más enquistado entre el ir y venir
de la sangre.  Volver, volver a esa culpa, solapada, silenciosa,
llevada en la palidez de los días, viejito, 
aunque no quiera el regreso, es recordar. 
Ahora tus hijos han hecho su vida
en otra parte, ¿los ves? han venido a visitarte, 
antes de que solo quede tu nombre en la mirada,
y te ven con su parpadeo húmedo, el mismo
que aparece en tus ojos frente a las fotos de tu mujer,
eternizada en la juventud, arriba de un caballo, sonriente,
o junto a sus hermanos en un pueblo de provincia 
suspendido en el desierto, o en su casamiento,
con la cintura pequeña y el cuerpo longilíneo
que irá perdiendo consistentemente
como sus sueños de dedicarse al arte, a decidir,
por cada grito y cada portazo que diste,
ella tejerá sus desilusiones con lanas de colores, 
pulovercitos cariñosos para sus hijos,
lavará sus lágrimas en el fuentón con jabón
y así la vida que no fue, podrá escurrirse por un caño
hacia el oscuro pozo séptico del tiempo
que el dolor en el pecho ha abierto
en su desgraciado corazón, ella se aburre
de hacer lo mismo cuando vas al club a reunirte con amigos,
tomando tus whiskies, recordarás que es la hora de la cena,
irás a tu casa, verás la tele y te olvidarás, te olvidarás
de que alguna vez le diste un beso, o tomabas su mano,
yo adivino, adivino ese parpadeo en el cementerio
todos los domingos por dos años, les llevarás flores a su tumba,
al nicho de las amarguras, habrás pensado que se murió
preocupada por la guerra, y temblarás ante vos mismo
reflejado en la placa de bronce en su muerte 
colmada de flores; escucharás el eco de la voz
de su amiga de la escuela despidiéndose
de esa joven vieja que se descompone ahora
con los recuerdos de su abuelita francesa
llegada a la Argentina a los quince 
huyendo de la guerra, la última y definitiva
guerra del 14 , y a quien los años lentamente
le habían borrado sus huellas digitales y el español
que había aprendido, je ne rappelle pas,
ma petite fille, decía a su nieta, tu mujer
la que años más tarde, después de dos guerras,
mostrará orgullosa a los hijos las yemas de sus dedos
suaves e idénticas a las de su abuela.
¿Será así, viejito, que la memoria es 
una huella digital que el tiempo vivido graba
y borra con la misma destreza?¿O será más bien
como las ondas de un estanque que se pierden,
una a una, cuando se olvida la piedra arrojada
hacia la calma superficie del agua? 
Si la historia es lo acontecido hábilmente tejido
en sucesión documentada, tramada por interesada
y fijada, tal vez la memoria nuestra sea periferia feliz
de la historia, solo volver aguardado en devenir
desordenado, fluir sutil de experiencias familiares
de nuestro pasado que vuelve 
a enfrentarse con mi vida
sólo mientras dure el impulso, 
el deseo de la piedra, la emoción.



Martín de Souza

Nací y vivo en La Plata en 1966.  Comencé a escribir cuando era muy chico durante la dictadura militar, en el Colegio Nacional de La Plata. Mi casa está rodeada de árboles y pájaros, pero estoy más tiempo viajando que allí, por lo que el transporte público es mi hogar. Como autor, publiqué la intensa fragilidad (1994), sonido involuntario (1998) y fina estampa (2001) e integro diversas antologías editadas aquí y en el extranjero. También coordino talleres de escritura desde hace ya veinte años en la Municipalidad de La Plata y en la Escuela Especializada en Arte de Luis Guillón. 

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