EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 19 de abril de 2017

MARÍA MALUSARDI


Fotografía: Pentti Sammalahti


BITÁCORA de poesía y de vida

No hay nada más difícil que hablar acerca de uno mismo. Y regreso a lo que dice Clarice Lispector: aquella escritura transfigurada, sea poesía o prosa, es un modo de acercarse a la comprensión de uno mismo. Por lo tanto, la biografía de uno habita, más o menos velada, según el caso, en la obra. Insiste Clarice: “Las palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya dicho”. Esto sucede inexorablemente con la escritura en relación a la propia vida, en tanto autor.

La literatura –la escritura, la lectura- es mi modo de atravesar (estar, permanecer) de una manera tolerable en este mundo. Es una defensa contra las ofensas de la vida, decía Pavese.

Por lo tanto, digo, no es difícil escribir, para mí. No tengo nada que forzar. Cuando hay algo para decir, viene, puja, insiste. Cuando no, no fuerzo. Lo que hay para decir puede aparecer de forma clara y directa –una imagen que asalta, una emoción violenta- o velada, a través de un sueño.

Los sueños constituyen materia y hasta son una base formal de mi escritura. Los sueños son mi mar de fondo. Tomo elementos, imágenes, sensaciones, colores y materializo en el lenguaje; construyo un mundo nuevo en la vigilia del lenguaje. De este modo, se produce un sentido poético que resulta singular. También la infancia es materia de mi escritura. Escenas, obsesiones, colores, aromas, todo lo que haya quedado registrado en mis sentidos o que mis sentidos reinventen (aquí aparece, una vez más, el mundo onírico, la invención de la memoria) es materia prima para la poesía. Creo que hay una hermenéutica de la vida propia –de las experiencias, de las sensaciones, de los sueños, del pasado, de lo que sucede día a día en el presente- que se resuelve en la escritura con solvencia.

Corrijo, reescribo mucho. Es fascinante. Corregir es el proceso más rico de la escritura, según mi experiencia. Se trata de hurgar dentro mismo del lenguaje. Lo que surgió es la superficie, lo aparente, luego hay que hundir el alma en el cuerpo, el cuerpo en el alma, ambos en el lenguaje. Meter la mano hasta encontrar el temblor esencial, eso que desconozco pero que será. De hecho, nunca me importa la primera versión. Esa primera versión existe como ilusión, valga la cacofonía. Es un borrador, un impulso, un magma informe con sentido incierto. Precisamente, la corrección, la búsqueda de la música esencial del poema, que en parte va buscándose a sí misma y en parte me guía –creo que el lenguaje es un demiurgo que guía al poeta por sus circunvalaciones y misterios- relata el sendero de mi escritura. Cincelar, ir en busca de la precisión, de aquella palabra que es, de aquella imagen que decide y determina un giro poético contundente. 

El arte en general funciona como disparador y trama. Ha sido así en reiteradas ocasiones. Y para que esto suceda tiene que producirse un encuentro emocional entre la obra (una pintura, una música, una película, una escritura) y mi interioridad.

El cuerpo está allí, con el alma, con el lenguaje. No encuentro mucho para decir al respecto. Sin el cuerpo no hay acción. El cuerpo materializa, ejerce, es el mediador concreto de la escritura. Como dice Lucrecio, las facultades del cuerpo y del alma sólo pueden existir en la unión. Entonces, el cuerpo está allí para hacer posible la escritura. El cuerpo es canal y posibilitador. Sin cuerpo no hay escritura. Sin escritura, en mi caso, tampoco hay cuerpo.

Creo ser una buena lectora, en el sentido amoroso y crítico. No elijo mis lecturas de acuerdo a los géneros: me interesa aquello que concentra lo que busco, lo que estoy necesitando. Me preocupan más el reino del lenguaje, la mirada sobre el mundo y la hondura filosófica que un apropiado argumento, producto de ingeniosas construcciones. Ciertamente, la poesía es un género que leo de manera ininterrumpida. Es foco de investigación y de búsqueda, no sólo un merecimiento hedonista. Soy caótica y autodidacta. No me jacto. Por el contrario, me entristece no haber podido sostener con la misma rigurosidad que sostuve la escritura y la lectura, un estudio académico. Sé que he perdido mucho por el camino. Lo intenté –y quizás insista- en varias ocasiones, pero fracasé cada vez. Ahora me sucede con la filosofía. Leo con voracidad y fascinación, incluso aquello que no comprendo.

Trabajé años como periodista cultural (hoy sólo escribo en algunas páginas de internet sobre poesía) y estoy volcada a la docencia, donde también se ponen en juego el lenguaje y la transmisión de manera flagrante. La música, siempre, ha sido, es y será un vector de la poesía. Además toco la flauta traversa y me gustan la música barroca y los compositores románticos e impresionistas. Interpretar música es para mí sólo una afición torpe, una terapéutica.

Fotografía: Pentti Sammalahti




POEMAS

De el sastre (selección)


mientras mi abuelo sastre purga su vejez sinfónica mi hermano pequeño pisa las escamas del silencio resbaladizo desnuda durante el rodaje su introspección cae a pedazos aclama eternidad y sabe: el dolor es el piano desahuciado de mi madre un pez de espuma en la ventana del invierno una sábana donde inmolarse y dormir

mi hermano pequeño cae desde su ojo izquierdo al precipicio de su cama levanta como un gato las orejas castas y con énfasis sopla apaga las estrellas las barre las encima para triturarlas cadenciosamente las traga como vidrio


dentro de una estrella rota me lo entregan mientras un gato lame sus heridas señala su cara azul de luna muerta: escombro desalineado


lo encuentro y lo arrojo al extremo latir de la arena su oreja sucia de caracoles durante la caída descompone los hábitos del mar lo amamanta lo aceita y mi abuelo sastre puntea el ruedo de su distancia y yo pego los botones sueltos que el lenguaje ha depurado sobre mis heridas: no estaré jamás a la altura de la muerte de los que amo


cada vez que mis hermanos nacen me desentiendo del asunto juego debajo de la mesa con los botones robados a mi abuelo sastre cada vez que mis hermanos mueren trago los botones hasta el silencio del mar


desde un hilvanado flojo pezón de quebradiza escarcha mis hermanos velan a mi abuelo sastre


qué rincón de mi cuerpo robarán mis hermanos para suicidarse dónde abriéndome la tela sangrarán respuestas y mi abuelo sastre se levantará de la tumba para zurcir y saldar la imprudencia de las penas al rozarme

esta mañana mi abuelo sastre toma las medidas del invierno no me aconseja una u otra tela apenas dice aguja y une el borde del mar con un borde vespertino en mi cuerpo toma el centímetro y mide y la gran tijera corta sin escrúpulos cose el daño el hilo oculto de mi niñez



De artista del trapecio (selección)

hubo un día y no recuerdo si nací y en el trapecio maduré como una fruta herida y si nací canté en la cuna el porvenir mi esclavitud y si soñé con la familia con insectos y si la falta de equilibrio regresara y el cansancio que arrastra la vida en el agua en la palabra: mi cosecha mi excepción mi salto al vacío


hablo del día que caí porque no supe si nacía o colgada de aquel sueño respiraba la vida de otros: desde allí narraba con distancia precipicio dolor: quién levantó los ojos me vio caer y no dijo nada?

un artista del trapecio sobrevive porque sabe: algún día dará el salto infatigable hacia la pulverizada soledad su agitada introspección el rumor de sus sombras al tramarse

hay una zona rota en el trapecio la misma zona rota en el poema un hueco amargo sentencioso severo un desliz el ardor al caer las marcas de la luz en la mirada y junto a mí los que me aman con indiferencia

una artista del trapecio llorará por siempre si la vida insiste restaurarse en el poema y otra vez saltar

quedarme en el trapecio es como punzar (sangrar) la tarde el escalón del que caí el día de mi nacimiento

cómo duele vivir en los ojos de quienes amo cayendo hemos saltado desde el mismo trapecio y no estamos preparados para el cielo mayor donde ya no duele vivir sin embargo las tinieblas despejan el sueño y regreso a los ojos de quienes amo y percibo en el abrazo los colores de sol intenso la música que el extravío acordeona

un artista del trapecio carga a sus heridos debajo de sus párpados como piedras carga y avanza por la cuerda su canasta de residuos y maniobra un palo de amasar cava regiones anchas donde el canto es agua una escalera en el aire su rincón su vaso desdichado añicos ojos cortantes como labios de acero: el cielo llueve muertos cuando el mirar acecha


De museo de postales


el descenso de jacquelin du pre (selección)


(Jacquelin du Pré nació en Oxford, Inglaterra, en 1945. Fue una virtuosa violonchelista. Sus versiones de los conciertos para violonchelo de Elgar y de Dvôrack son prodigiosas e inolvidables. En el auge de su carrera, se le declaró esclerosis múltiple. Murió en 1987.)

preludio la ceniza de mi infancia: mi madre arañaba los ojos del incendio y me dormía así los cuentos de la noche encallaban el árbol en su sombra el agua ardía en el devenir de los infiernos allí donde la música esparce sus caballos y me deja

no puedo quejarme de los huesos: la música se ha enfermado en mí he roto la cuerda un acto de confusión y de olvido miles de manos entre sábanas riéndose intentaron elevarme sostenerme en la gloria me he dormido sobre la escena no hubo tiempo para el desarraigo estoy aquí: los dedos tiemblan cuando amanecen sobre la madera intacta del silencio


las flores se amontonan sobre un libro es la escena papel de los rosales se borran al nombrarme al estallar se enredan el aire de mi pelo se desgarra estropea mis pies la flor que me despide rozo el invierno de los rostros intentan retenerme forzarme alguien me desnuda y trae a dvorák despacito calma los dolores sabe: nadie como yo lo ha comprendido nadie como yo le ha sacado idioma a las heridas


me enferma la música infecta de animales el sopor de la sangre no anuncia da el golpe con un do grave reducido a contrabajo la voz del infierno nunca puede compararse a mi sonido haydn desbordando en staccato recibo golpes de tambores mis cuerdas golpes de odio mi serenidad mi contrapunto




mi contrapunto una dialéctica entre el ascenso y el descenso una rama sostiene el peso del sol y de la infamia mi desesperación es la vigilia el cierre de mi voz una cajita sin hijos que me sucedan sin sueños que me madruguen


añoro de la orquesta mi trama compleja no encuentro mis ojos en la partitura estoy vigente en el peligro confiada en su dulzura ha instigado del hijo su muerte ha alentado con paciencia mi desesperación: el mundo es de los otros cuando mis huesos callan


el amor muere mientras muere el hueso no tengo piedad: sólo agitar el brazo en compañía de nadie ahora imagino estoy tiesa empecinada ya no escuchan la zarabanda ya no intento humedezco el labio en el dulzor de la madera y duermo



De la carta de vermeer


precipicios (selección)

tristeza de cuerpos infantiles en la palabra
no saben los padres:
entre la nieve y la teja la muerte
es un poeta umbilical
inacabado




la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris




ellos soplan
su vendaval de res sus zonas de matadero
contra el párpado azul y solo
de sus escarabajos lactantes




estoy sola cuando me abrigan
vas a morirte me dicen y el clave bien temperado
de bach se interpone
sobrevivo desde siempre a esta brújula rota


a cuatro manos me reciben mis abuelas
pianísticamente
lloran
quién sos
me preguntan mientras bailan


no me reconocen
retocan con sus labios mi sombrero
o mi encrucijada
me relamen como gatas me preparan
para estos montes sin sentido ni pájaros


María Malusardi


Nací en Buenos Aires y he llegado al medio siglo (nací en 1966). Sin duda, un momento de inflexión que cabalga entre la maravilla de la madurez justa y la violencia que genera la cercanía de la vejez. Todo, ahora, es más inminente.
Publiqué –empiezo por el final- el desvío y el daño (Buenos Aires Poetry, 2017); el sastre (Ediciones en Danza, 2015), artista del trapecio (Alción, 2014); la música (El suri porfiado, 2013); el orfanato (Alción, 2010); trilogía de la tristeza (Alción, 2009); museo de postales (El Suri Porfiado, 2008); diálogo con pescadores (Alción, 2007); variaciones en la niebla (Alción, 2005); la carta de vermeer (Alción, 2002) y El accidente (Mascaró, 2001. Rescaté la obra de Raúl Gustavo Aguirre (Obra poética, Ediciones Del dock, 2015), que resultó un viaje maravilloso.  
No tengo mucho más para agregar, sino disculparme por hablar de mí misma. Espero haberlo hecho con el cuidado al que incita la humildad: “Me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz”. Otra vez, Clarice Lispector.


No hay comentarios:

Publicar un comentario