EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 4 de abril de 2016

CARLOS ARDOHAIN



La cosa empieza cuando aparece una ondulación, un estremecimiento en algún rincón de la psiquis, o de la mente, o de la emoción. Eso puede ser provocado por una imagen, una palabra, un olor, un recuerdo, una particular extrañeza o intensidad en la luz. A partir de ahí todo consiste en dejarse ir y al mismo tiempo extraviarse en las posibilidades abiertas por esa insinuación. Escribir, como a veces dibujar o pintar, es entrar en una zona desconocida y sin embargo más propia que la que habitamos a diario. Siempre se vuelve con la sensación de una experiencia única de la que sin embargo no se puede transmitir nada más que lo que ha quedado escrito. Y se respira más profundo, se pisa más firme, se percibe más la complejidad de lo real, al mismo tiempo que se adivinan las formas ocultas tras el velo de las apariencias. Intentar explicar o describir no sirve de nada, es un estado de conciencia, otro, y uno entra en él a veces, cuando está disponible, no sólo su cuerpo sino eso otro más sutil que tiene tantos nombres y a la vez no tiene ninguno definitivo.

La anoréxica y el pez



Poemas (inéditos)


EL POETA IMAGINADO POR LA LECTORA DESNUDA...
arrastra sus rodillas por el vientre de la ballena
tiene llagas en los codos y la lengua
escoriada huérfana de palabras
envuelta en papel de riesgo
piensa en las estrellas que explotaron
al nacer y estallan cuando mueren
la lectora se olvida del poeta se mira en el texto
se imagina flotando en el agua fría
muerta de sed en medio del océano
esperando que llegue la noche
deseando que hubiera a su lado
un cuerpo que abrazar




CONDENA DE LAS ORILLAS:...
saber que de un lado es continente
y del otro inmensamente agua
el sabor salado del contorno
hace rotar la voluntad a 90º
hablo de tierra y agua
hablo de carne y de sangre
hablo de separaciones
traigo mi yo desde el otro hasta mí
en un pico de tensión que no rompe 
esa línea ni los puntos que la forman
el espacio entre cada punto puede
ser infinito ser eterno ser nulo
hablo para no complacer a nadie
y nadie soy yo y yo soy nadie
la palabra limita con el cuerpo
frontera de toda exaltación campo de agua
verbo bifurcado en razón y lenguaje
la diferencia es una distancia o acaso
solo tiempo en sus múltiples rostros
máscara de representación, apariencia
en el mudo mundo de las cosas




ABRÍ LOS OJOS Y VI DOS PÁJAROS...
volando en círculos sobre mi cabeza
pensé que era una señal de libertad
pero no alcancé a ver si volaban
en el sentido de las agujas del reloj
o al revés porque enseguida
cayeron sobre mí y con sus picos
me arrancaron los ojos de raíz
podía sentir en las mejillas
el roce de los nervios ópticos
chorreando sangre como una máscara 
de carnaval mexicano
levanté mis brazos y el dolor
hizo que agitara las manos en el aire
como alitas de pollo, como pañuelos
de despedida pero enseguida
las cerré y como una magia invertida
atrapé un pájaro en cada una
lo suave de sus plumas y sus cuerpos
calientes me enfurecieron y les arranqué
las cabezas con los dientes, después
me puse una cabeza en cada cuenca
con el pico hacia afuera y así tuve
otros ojos nuevos capaces de cantar
y comer insectos ojos que pican
que se abren y se cierran a su antojo
que miran siempre para arriba
ojos que crían cuervos como si fueran hijos
que toman agua de los charquitos
que sueñan con dormir posados en las ramas
del árbol de mis pensamientos
ojos que imaginan que mi cerebro
es su cuerpo o puede darles un cuerpo
detrás del dolor de lo perdido
no somos uno no podemos serlo
estamos esperando una señal
en este cielo mutante un símbolo
que transforme la apariencia
en esencial que lave mis manos
manchadas de sangre cubiertas de plumas
que haga que mis ojos salgan volando
como si nunca los hubiera cerrado
como si siempre los tuviera abiertos.




UN HOMBRE ENCERRADO...
en un cuarto sin aberturas
anhela la libertad del espacio
que rodea su celda
Un hombre caminando por ese espacio
desea estar dentro del cuarto
piensa que ahí sería inexpugnable
Un hombre situado en el pensamiento
imagina el cuarto, el espacio, el hombre
adentro y el hombre afuera
Otro hombre escribe en un papel especulaciones
alrededor de lo abierto y lo cerrado
el papel es su teatro, los márgenes son las paredes,
el color blanco es el espacio vacío
que contiene la opción de lo infinito.




EL CUERPO ES UNA CASA...
una casa es una cosa
que contiene otras cosas
como el cuerpo
la tristeza es una cosa
que no tiene forma
y se siente en todo
el cuerpo en todos
los cuartos de la casa
la muerte es una cosa
que le sucede al cuerpo
y también a las casas
pero la muerte no termina
con la tristeza
que se desparrama alrededor
en otros cuerpos amigos
cuando una casa muere
deja un hueco en el espacio
quedan los recuerdos
que no tienen donde ir
ahora mismo
mi cuerpo asoma 
desde la ventana de mi casa
para mirar un avión 
que atraviesa el cielo
perforando las tristes
nubes rosas de la tarde
que empieza a morir


El altar de la patria


¿Éter o etéreo?


Respirar bajo el aire caldoso del verano estofa cualquier voluntad, acuclilla el deseo y a veces nos reduce a una cuarta parte de lo que somos. Por deshidratación y abotagamiento, por desidia y distracción, por la suma de todas las inacciones. Como si fuera posible escanciar el mañana en un bostezo pleno y desandador. Como si de dibujar pintar un pájaro se tratara, que es la cosa más fácil difícil que existe, otra cuestión es hacerlo cantar, convencerlo de ello, una vez pintado dibujado. El pájaro se enamora del color, se enamora del silencio, y no le falta razón. Pero tampoco es necesario que cante, le basta ser un pájaro con todas las plumas, con su elegante levedad, su frágil carnadura. Los ignífugos pájaros del verano dejan que arda su sombra en lugar de ellos, que posan distraídos dejándose atrapar por la retina del pintor dibujante, dejándose acariciar por las finísimas matas de pelo de marta que le construye las alas, el pecho y la cola en suaves trazos. Con eso le basta para ser un pájaro cabal, como le basta al pintor dibujante dejar hacer a su mano, dejar andar a su aire los movimientos casi automáticos mientras entrega sus ojos al goce. Una música sutil produce el roce con la tela el papel, apta solamente para oídos infraleves y aéreos, se diría que los pájaros sonreirían si pudieran si supieran si quisieran. Se diría pero no se dice, para no romper el sortilegio, no vaya a ser cosa, no vaya a ser causa. Encantadora imperfección, hacemos tuya nuestra valentía de andar a ciegas. Unas manchas de color en el vacío, una vibración oscura como una palabra incompleta en el ángulo opuesto, equilibrio siempre inestable, siempre a punto de no ser. Ser fugaz, privilegiar el instante, el misterio en la punta del pico, apenas después del canto que no se produjo. Ir por ahí, por el aire, sumir de pronto en la luz azul de la tarde. Apenas pueda vuélome de aquí. Díjome así el pájaro en la tela, en mi cabeza, en píos imposibles de soprano, altísimos más altos que su cielo. El pájaro y la intención, el cuerpo y el deseo juntos, como si hubiera sido resultado de una sola pincelada, un único gesto. El movimiento de la mano como una exhalación de aire cálido que desinfla el pecho. Y ya que estamos, esa mancha roja que tienes en el cuello no la hice yo. Vete, vuela cuanto quieras, después de todo la atmósfera es tu jaula, tanto como la mía. En el hueco que dejes en la tela dibujaré una flor. No hay mejor manera de atraer un colibrí. 

La sirenita



Carlos Ardohain

Nací en Mar del Plata en el año 1953.
A los dieciocho años me fui de la casa de mis padres, tal vez en busca de mi propia casa.
Estuve estudiando diversas cosas: Medicina, Bellas Artes, Teatro, y también formas de ganarme la vida.
Un día conocí a Elizabeth Azcona Cranwell y me integré a su taller. Ahí se me abrió un mundo nuevo. Desde entonces no he parado de escribir. Primero fue la poesía y con el tiempo me animé con la narración.
Cada poema nuevo, cada cuento o cada novela que arranco pienso que voy a encontrar algo nuevo, que voy a acercarme un poco más a mímismo.
Ahora me parece entenderlo. Creo que mi casa, la casa que todavía estoy buscando, debe estar en las palabras. 


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