EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 25 de abril de 2017

ESTELA FIGUEROA

Foto: Natalia Leiderman


Con respecto a la pregunta acerca de mi procedimiento para escribir contesto utilizando el extravagante y miserable léxico que usa la policía: desconozco.
Es como pretender, de noche, ver todo con la débil luz de una vela.
La poesía para mí pertenece al reino del misterio y es mejor que sea así.
Cuando un primer verso acude a mí, necesito llegar a mi casa, sentarme a la mesa. Escribo ese verso y dejo que todo fluya. Esto no es una técnica. Es mi destino.
Escribo, por supuesto, a mano. Mi mano derecha sigue el rítmico dictado de mi cabeza.
Establezco con mis poemas una relación de profundo enamoramiento.
Mi vida, por lo demás, es rutinaria y sencilla. Vivo sola, en una casa de barrio. 
Estoy muy lejos de ser una médium pero poseo una intuición muy desarrollada.
La definición del trabajo poético a la que siempre vuelvo es la de Rainer María Rilke. Se la encuentra en su libro “Los cuadernos de Malte”. Adhiero a ella plenamente.
Para terminar cito la dedicatoria de uno de sus libros: “Mujeres, de vosotras aprende la poesía a decir lo que sois: solitarias”.

Poemas


Buscando el poema

Atropellada como un perro.
Selectiva como un gato.
Lo busco.

Fiel como tallada en piedra.
Blanda como la espuma.
Inocente como un fantasma
que vaga por la ciudad.
Lo busco.

Lejos parece que algo brilla:
¿será el poema?
Sobre una cinta de fuego
camino a su encuentro.
Atropellada.
Selectiva.
Blanda.
Inocente.
Despiadada.


Naturaleza muerta

Tomates rojos
con una hendidura negra.
Limones amarillos
con pezones verdes.
Zanahorias erectas
papas ovales
bananas que yacen arqueadas.

Sexo sobre la mesa
donde amaso el pan.


***

Pronto van a ser
tres años de tu muerte
y todavía no la acepto.

Quise colgar tu retrato en la pared
y no pude.

Volví a guardarlo.

El clavo quedó allí
sosteniendo tu ausencia.


***

Tracé un paréntesis en mi vida.
En ese paréntesis puse mis emociones.

Como un chico que en una tarde de domingo
pasea con un globo
yo paseo con mi paréntesis.
Si el hilo es fuerte lo conservaré.
Si es débil
no
claro que no.

Mis emociones
me inundarán
como un río.


Amor de madre presa en dictadura

Después de los castigos corporales
el miedo
y no saber
cuánto tiempo
permanecería en esa cárcel
su amor de madre
disminuyó.

Su pequeña hija
crecía sin ella
prescindía de ella.

Había guardado
un ovillo de lana roja
que desteñía.

Los días de visita
lo sumergía
en un jarro de agua
y esperaba.

A ese agua roja
se la pasaba por la cara
y la dejaba secar.

No quería que la niña
la viera tan pálida.

De su amor de madre había quedado eso:
el deseo
de no hacerla sufrir.


Vegetal

Como la erika
que antes de secarse
produce un hijo.

Pero también como la orquídea
orgullosa y sola.

Como el sauce
inclinado
hacia el río quieto.

Pero también como la grevilea
que enfrenta
los vientos más feroces.

Frágil como los pensamientos
a los que una ligera
lluvia aplasta.

Abierta como el paraíso
que juega
con las gotas.

Manos desconocidas
revolvieron el césped
donde escribí palabras.


¿Buscaban tesoros ocultos?

Soy hosca
como el cactus.


Estela Figueroa

Nací el 12 de agosto de 1946 en la ciudad de Santa Fe, Argentina, donde resido. 
Publiqué Máscaras sueltas, (poesía, Centro de Publicaciones UNL, 1985); El libro rojo de Tito (reportaje, Centro de Publicaciones UNL, 1988); A capella (poesía, Ediciones delanada, 1991); Un libro sobre Bioy Casares, (reportaje y ensayos de autores santafesinos, Ediciones UNL, 2006); La forastera (poesía, Ediciones Recovecos, 2007).
En 2009, Ediciones UNL reeditó en un solo volumen dos de mis libros, reunidos bajo el nombre de ambos: Máscaras sueltas/A capella. En 1987, Máscaras sueltas tuvo su traducción y edición italianas: Maschere Mobile, (Ferri Editora, Florencia, 1987). 
Realice trabajos para cine y teatro.
Coordiné talleres literarios en el Pabellón de menores de la cárcel de Las Flores, donde edité la Revista Sin alas
Dirijo la revista La Ventana desde su aparición, en 2001, que publica la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral. En este ámbito universitario también coordino el Taller Literario, tarea que se vio plasmada en la edición de tres libros y fichas de poesía, versiones teatrales de aguafuertes de Roberto Arlt y la escritura y puesta en el aire de dos radionovelas.
Colaboro en el Diario El Litoral y algunos de mis poemas han aparecido en diversas publicaciones del país y el extranjero.



miércoles, 19 de abril de 2017

MARÍA MALUSARDI


Fotografía: Pentti Sammalahti


BITÁCORA de poesía y de vida

No hay nada más difícil que hablar acerca de uno mismo. Y regreso a lo que dice Clarice Lispector: aquella escritura transfigurada, sea poesía o prosa, es un modo de acercarse a la comprensión de uno mismo. Por lo tanto, la biografía de uno habita, más o menos velada, según el caso, en la obra. Insiste Clarice: “Las palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya dicho”. Esto sucede inexorablemente con la escritura en relación a la propia vida, en tanto autor.

La literatura –la escritura, la lectura- es mi modo de atravesar (estar, permanecer) de una manera tolerable en este mundo. Es una defensa contra las ofensas de la vida, decía Pavese.

Por lo tanto, digo, no es difícil escribir, para mí. No tengo nada que forzar. Cuando hay algo para decir, viene, puja, insiste. Cuando no, no fuerzo. Lo que hay para decir puede aparecer de forma clara y directa –una imagen que asalta, una emoción violenta- o velada, a través de un sueño.

Los sueños constituyen materia y hasta son una base formal de mi escritura. Los sueños son mi mar de fondo. Tomo elementos, imágenes, sensaciones, colores y materializo en el lenguaje; construyo un mundo nuevo en la vigilia del lenguaje. De este modo, se produce un sentido poético que resulta singular. También la infancia es materia de mi escritura. Escenas, obsesiones, colores, aromas, todo lo que haya quedado registrado en mis sentidos o que mis sentidos reinventen (aquí aparece, una vez más, el mundo onírico, la invención de la memoria) es materia prima para la poesía. Creo que hay una hermenéutica de la vida propia –de las experiencias, de las sensaciones, de los sueños, del pasado, de lo que sucede día a día en el presente- que se resuelve en la escritura con solvencia.

Corrijo, reescribo mucho. Es fascinante. Corregir es el proceso más rico de la escritura, según mi experiencia. Se trata de hurgar dentro mismo del lenguaje. Lo que surgió es la superficie, lo aparente, luego hay que hundir el alma en el cuerpo, el cuerpo en el alma, ambos en el lenguaje. Meter la mano hasta encontrar el temblor esencial, eso que desconozco pero que será. De hecho, nunca me importa la primera versión. Esa primera versión existe como ilusión, valga la cacofonía. Es un borrador, un impulso, un magma informe con sentido incierto. Precisamente, la corrección, la búsqueda de la música esencial del poema, que en parte va buscándose a sí misma y en parte me guía –creo que el lenguaje es un demiurgo que guía al poeta por sus circunvalaciones y misterios- relata el sendero de mi escritura. Cincelar, ir en busca de la precisión, de aquella palabra que es, de aquella imagen que decide y determina un giro poético contundente. 

El arte en general funciona como disparador y trama. Ha sido así en reiteradas ocasiones. Y para que esto suceda tiene que producirse un encuentro emocional entre la obra (una pintura, una música, una película, una escritura) y mi interioridad.

El cuerpo está allí, con el alma, con el lenguaje. No encuentro mucho para decir al respecto. Sin el cuerpo no hay acción. El cuerpo materializa, ejerce, es el mediador concreto de la escritura. Como dice Lucrecio, las facultades del cuerpo y del alma sólo pueden existir en la unión. Entonces, el cuerpo está allí para hacer posible la escritura. El cuerpo es canal y posibilitador. Sin cuerpo no hay escritura. Sin escritura, en mi caso, tampoco hay cuerpo.

Creo ser una buena lectora, en el sentido amoroso y crítico. No elijo mis lecturas de acuerdo a los géneros: me interesa aquello que concentra lo que busco, lo que estoy necesitando. Me preocupan más el reino del lenguaje, la mirada sobre el mundo y la hondura filosófica que un apropiado argumento, producto de ingeniosas construcciones. Ciertamente, la poesía es un género que leo de manera ininterrumpida. Es foco de investigación y de búsqueda, no sólo un merecimiento hedonista. Soy caótica y autodidacta. No me jacto. Por el contrario, me entristece no haber podido sostener con la misma rigurosidad que sostuve la escritura y la lectura, un estudio académico. Sé que he perdido mucho por el camino. Lo intenté –y quizás insista- en varias ocasiones, pero fracasé cada vez. Ahora me sucede con la filosofía. Leo con voracidad y fascinación, incluso aquello que no comprendo.

Trabajé años como periodista cultural (hoy sólo escribo en algunas páginas de internet sobre poesía) y estoy volcada a la docencia, donde también se ponen en juego el lenguaje y la transmisión de manera flagrante. La música, siempre, ha sido, es y será un vector de la poesía. Además toco la flauta traversa y me gustan la música barroca y los compositores románticos e impresionistas. Interpretar música es para mí sólo una afición torpe, una terapéutica.

Fotografía: Pentti Sammalahti




POEMAS

De el sastre (selección)


mientras mi abuelo sastre purga su vejez sinfónica mi hermano pequeño pisa las escamas del silencio resbaladizo desnuda durante el rodaje su introspección cae a pedazos aclama eternidad y sabe: el dolor es el piano desahuciado de mi madre un pez de espuma en la ventana del invierno una sábana donde inmolarse y dormir

mi hermano pequeño cae desde su ojo izquierdo al precipicio de su cama levanta como un gato las orejas castas y con énfasis sopla apaga las estrellas las barre las encima para triturarlas cadenciosamente las traga como vidrio


dentro de una estrella rota me lo entregan mientras un gato lame sus heridas señala su cara azul de luna muerta: escombro desalineado


lo encuentro y lo arrojo al extremo latir de la arena su oreja sucia de caracoles durante la caída descompone los hábitos del mar lo amamanta lo aceita y mi abuelo sastre puntea el ruedo de su distancia y yo pego los botones sueltos que el lenguaje ha depurado sobre mis heridas: no estaré jamás a la altura de la muerte de los que amo


cada vez que mis hermanos nacen me desentiendo del asunto juego debajo de la mesa con los botones robados a mi abuelo sastre cada vez que mis hermanos mueren trago los botones hasta el silencio del mar


desde un hilvanado flojo pezón de quebradiza escarcha mis hermanos velan a mi abuelo sastre


qué rincón de mi cuerpo robarán mis hermanos para suicidarse dónde abriéndome la tela sangrarán respuestas y mi abuelo sastre se levantará de la tumba para zurcir y saldar la imprudencia de las penas al rozarme

esta mañana mi abuelo sastre toma las medidas del invierno no me aconseja una u otra tela apenas dice aguja y une el borde del mar con un borde vespertino en mi cuerpo toma el centímetro y mide y la gran tijera corta sin escrúpulos cose el daño el hilo oculto de mi niñez



De artista del trapecio (selección)

hubo un día y no recuerdo si nací y en el trapecio maduré como una fruta herida y si nací canté en la cuna el porvenir mi esclavitud y si soñé con la familia con insectos y si la falta de equilibrio regresara y el cansancio que arrastra la vida en el agua en la palabra: mi cosecha mi excepción mi salto al vacío


hablo del día que caí porque no supe si nacía o colgada de aquel sueño respiraba la vida de otros: desde allí narraba con distancia precipicio dolor: quién levantó los ojos me vio caer y no dijo nada?

un artista del trapecio sobrevive porque sabe: algún día dará el salto infatigable hacia la pulverizada soledad su agitada introspección el rumor de sus sombras al tramarse

hay una zona rota en el trapecio la misma zona rota en el poema un hueco amargo sentencioso severo un desliz el ardor al caer las marcas de la luz en la mirada y junto a mí los que me aman con indiferencia

una artista del trapecio llorará por siempre si la vida insiste restaurarse en el poema y otra vez saltar

quedarme en el trapecio es como punzar (sangrar) la tarde el escalón del que caí el día de mi nacimiento

cómo duele vivir en los ojos de quienes amo cayendo hemos saltado desde el mismo trapecio y no estamos preparados para el cielo mayor donde ya no duele vivir sin embargo las tinieblas despejan el sueño y regreso a los ojos de quienes amo y percibo en el abrazo los colores de sol intenso la música que el extravío acordeona

un artista del trapecio carga a sus heridos debajo de sus párpados como piedras carga y avanza por la cuerda su canasta de residuos y maniobra un palo de amasar cava regiones anchas donde el canto es agua una escalera en el aire su rincón su vaso desdichado añicos ojos cortantes como labios de acero: el cielo llueve muertos cuando el mirar acecha


De museo de postales


el descenso de jacquelin du pre (selección)


(Jacquelin du Pré nació en Oxford, Inglaterra, en 1945. Fue una virtuosa violonchelista. Sus versiones de los conciertos para violonchelo de Elgar y de Dvôrack son prodigiosas e inolvidables. En el auge de su carrera, se le declaró esclerosis múltiple. Murió en 1987.)

preludio la ceniza de mi infancia: mi madre arañaba los ojos del incendio y me dormía así los cuentos de la noche encallaban el árbol en su sombra el agua ardía en el devenir de los infiernos allí donde la música esparce sus caballos y me deja

no puedo quejarme de los huesos: la música se ha enfermado en mí he roto la cuerda un acto de confusión y de olvido miles de manos entre sábanas riéndose intentaron elevarme sostenerme en la gloria me he dormido sobre la escena no hubo tiempo para el desarraigo estoy aquí: los dedos tiemblan cuando amanecen sobre la madera intacta del silencio


las flores se amontonan sobre un libro es la escena papel de los rosales se borran al nombrarme al estallar se enredan el aire de mi pelo se desgarra estropea mis pies la flor que me despide rozo el invierno de los rostros intentan retenerme forzarme alguien me desnuda y trae a dvorák despacito calma los dolores sabe: nadie como yo lo ha comprendido nadie como yo le ha sacado idioma a las heridas


me enferma la música infecta de animales el sopor de la sangre no anuncia da el golpe con un do grave reducido a contrabajo la voz del infierno nunca puede compararse a mi sonido haydn desbordando en staccato recibo golpes de tambores mis cuerdas golpes de odio mi serenidad mi contrapunto




mi contrapunto una dialéctica entre el ascenso y el descenso una rama sostiene el peso del sol y de la infamia mi desesperación es la vigilia el cierre de mi voz una cajita sin hijos que me sucedan sin sueños que me madruguen


añoro de la orquesta mi trama compleja no encuentro mis ojos en la partitura estoy vigente en el peligro confiada en su dulzura ha instigado del hijo su muerte ha alentado con paciencia mi desesperación: el mundo es de los otros cuando mis huesos callan


el amor muere mientras muere el hueso no tengo piedad: sólo agitar el brazo en compañía de nadie ahora imagino estoy tiesa empecinada ya no escuchan la zarabanda ya no intento humedezco el labio en el dulzor de la madera y duermo



De la carta de vermeer


precipicios (selección)

tristeza de cuerpos infantiles en la palabra
no saben los padres:
entre la nieve y la teja la muerte
es un poeta umbilical
inacabado




la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris




ellos soplan
su vendaval de res sus zonas de matadero
contra el párpado azul y solo
de sus escarabajos lactantes




estoy sola cuando me abrigan
vas a morirte me dicen y el clave bien temperado
de bach se interpone
sobrevivo desde siempre a esta brújula rota


a cuatro manos me reciben mis abuelas
pianísticamente
lloran
quién sos
me preguntan mientras bailan


no me reconocen
retocan con sus labios mi sombrero
o mi encrucijada
me relamen como gatas me preparan
para estos montes sin sentido ni pájaros


María Malusardi


Nací en Buenos Aires y he llegado al medio siglo (nací en 1966). Sin duda, un momento de inflexión que cabalga entre la maravilla de la madurez justa y la violencia que genera la cercanía de la vejez. Todo, ahora, es más inminente.
Publiqué –empiezo por el final- el desvío y el daño (Buenos Aires Poetry, 2017); el sastre (Ediciones en Danza, 2015), artista del trapecio (Alción, 2014); la música (El suri porfiado, 2013); el orfanato (Alción, 2010); trilogía de la tristeza (Alción, 2009); museo de postales (El Suri Porfiado, 2008); diálogo con pescadores (Alción, 2007); variaciones en la niebla (Alción, 2005); la carta de vermeer (Alción, 2002) y El accidente (Mascaró, 2001. Rescaté la obra de Raúl Gustavo Aguirre (Obra poética, Ediciones Del dock, 2015), que resultó un viaje maravilloso.  
No tengo mucho más para agregar, sino disculparme por hablar de mí misma. Espero haberlo hecho con el cuidado al que incita la humildad: “Me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz”. Otra vez, Clarice Lispector.


lunes, 17 de abril de 2017

MARTÍN DE SOUZA



En general, escribo poemas a partir de un concepto general, una idea directriz: si bien cada poema implica su escritura autónoma, la considero solidaria con los otros poemas de un libro. Concepto, imagen y sonido, desde mi punto de vista, son los puntos clave a tener en cuenta y trato de proponer un equilibrio en ello. 

Los poemas que escribo parten muchas veces de la lectura, de la realidad y de la misma escritura, en forma conjunta. La percepción, lo que la memoria hila a través de los años y el proceso metafórico que pone en juego la imaginación, son los materiales que las palabras instalan en la superficie del poema y en su significación, con la intención de recapturar —aunque parezca una utopía a estas alturas del mundo posmoderno— algo de la experiencia que se vuelva disruptiva y marque una nueva puntuación del tiempo. 

Considero que el poema es una oportunidad de conmover y dejarse conmover, una vía hacia un conocimiento del mundo que asume la complejidad. Los seres humanos pensamos, sentimos y percibimos y son todas acciones corporales, como respirar. De allí que creo central la vinculación del cuerpo y la escritura poética, no sólo como un aspecto temático del texto, sino ligado al placer/goce que intenta promover, al ritmo personal con que uno lee en voz alta los poemas al revisarlos para su reescritura una y otra vez, como un mantra, una reverberación; sin embargo, una vez terminado ese proceso, igualmente está sujeto a la variación del canto como el juglar lo hacía según su auditorio.


Poema

Novela Familiar (fragmento)

4.

Has vuelto en mi frente marchita, en las ruinas.
Qué soplo tan débil es toda una vida, ¿sabés, viejito?
Estás ahora haciendo de nuevo de las tuyas,
tus propios y solitarios proyectos, como este
gran taller de chapa y pintura que nunca
terminarás de construir con tus deseos
pero las paredes de la casa se cubren de grietas,
el cielo raso del techo se derrumba a pedazos
en cada tormenta, y el pasto crece
hasta que el jardín se vuelve una selva, un terreno baldío 
de una casa devastada. Sólo con los ojos cerrados,
el corazón de esa casa sigue allí: en la cocina,
el hijo y su madre hablaban del amor mezclado
en los guisos perfumados con laurel, y aparecías cansado
las manos sucias de tanto trabajar en el taller
y tus órdenes y dichos prácticos en contra
de los sueños: “tiempo que se pierde no se recupera 
jamás” ¿es así, viejito? En la habitaciones 
sin intimidad alguna se abrían las páginas
aún vacías de novelitas policiales, de aventuras
y poemas melancólicos como un modo feliz
para que la imaginación abrevie el tedio de los días.
En el patio revestido de una parra, florecía el rosal,
y el limonero donde fiel enterrarás a tus perros.
Pero la culpa es una cavidad en nuestro corazón, 
un ventrículo más enquistado entre el ir y venir
de la sangre.  Volver, volver a esa culpa, solapada, silenciosa,
llevada en la palidez de los días, viejito, 
aunque no quiera el regreso, es recordar. 
Ahora tus hijos han hecho su vida
en otra parte, ¿los ves? han venido a visitarte, 
antes de que solo quede tu nombre en la mirada,
y te ven con su parpadeo húmedo, el mismo
que aparece en tus ojos frente a las fotos de tu mujer,
eternizada en la juventud, arriba de un caballo, sonriente,
o junto a sus hermanos en un pueblo de provincia 
suspendido en el desierto, o en su casamiento,
con la cintura pequeña y el cuerpo longilíneo
que irá perdiendo consistentemente
como sus sueños de dedicarse al arte, a decidir,
por cada grito y cada portazo que diste,
ella tejerá sus desilusiones con lanas de colores, 
pulovercitos cariñosos para sus hijos,
lavará sus lágrimas en el fuentón con jabón
y así la vida que no fue, podrá escurrirse por un caño
hacia el oscuro pozo séptico del tiempo
que el dolor en el pecho ha abierto
en su desgraciado corazón, ella se aburre
de hacer lo mismo cuando vas al club a reunirte con amigos,
tomando tus whiskies, recordarás que es la hora de la cena,
irás a tu casa, verás la tele y te olvidarás, te olvidarás
de que alguna vez le diste un beso, o tomabas su mano,
yo adivino, adivino ese parpadeo en el cementerio
todos los domingos por dos años, les llevarás flores a su tumba,
al nicho de las amarguras, habrás pensado que se murió
preocupada por la guerra, y temblarás ante vos mismo
reflejado en la placa de bronce en su muerte 
colmada de flores; escucharás el eco de la voz
de su amiga de la escuela despidiéndose
de esa joven vieja que se descompone ahora
con los recuerdos de su abuelita francesa
llegada a la Argentina a los quince 
huyendo de la guerra, la última y definitiva
guerra del 14 , y a quien los años lentamente
le habían borrado sus huellas digitales y el español
que había aprendido, je ne rappelle pas,
ma petite fille, decía a su nieta, tu mujer
la que años más tarde, después de dos guerras,
mostrará orgullosa a los hijos las yemas de sus dedos
suaves e idénticas a las de su abuela.
¿Será así, viejito, que la memoria es 
una huella digital que el tiempo vivido graba
y borra con la misma destreza?¿O será más bien
como las ondas de un estanque que se pierden,
una a una, cuando se olvida la piedra arrojada
hacia la calma superficie del agua? 
Si la historia es lo acontecido hábilmente tejido
en sucesión documentada, tramada por interesada
y fijada, tal vez la memoria nuestra sea periferia feliz
de la historia, solo volver aguardado en devenir
desordenado, fluir sutil de experiencias familiares
de nuestro pasado que vuelve 
a enfrentarse con mi vida
sólo mientras dure el impulso, 
el deseo de la piedra, la emoción.



Martín de Souza

Nací y vivo en La Plata en 1966.  Comencé a escribir cuando era muy chico durante la dictadura militar, en el Colegio Nacional de La Plata. Mi casa está rodeada de árboles y pájaros, pero estoy más tiempo viajando que allí, por lo que el transporte público es mi hogar. Como autor, publiqué la intensa fragilidad (1994), sonido involuntario (1998) y fina estampa (2001) e integro diversas antologías editadas aquí y en el extranjero. También coordino talleres de escritura desde hace ya veinte años en la Municipalidad de La Plata y en la Escuela Especializada en Arte de Luis Guillón. 

domingo, 16 de abril de 2017

VERÓNICA YATTAH



Para escribir un poema necesito tener muchas ganas de hacerlo. Se trata casi de “aguantarme” durante días hasta que me siento y prendo la computadora. El primer verso ya viene cargado de cosas que imaginé pero el tono es totalmente sorpresivo: aparece únicamente al escribir y termina siendo medio déspota, porque según el tono algunas imágenes quedan y otras no.

Escribir me libera de algo que vi, un ritmo, o un recuerdo que me acompaña durante días, y al mismo tiempo transforma esa imagen, ritmo o recuerdo en algo nuevo. En este sentido, más que traducir, la poesía transforma. Por ejemplo imaginé un poema que dijera algo sobre mi mapa privado de Buenos Aires, uno que hablara de las calles que caminé para llegar a las casas de las personas con las que estuve hasta mis veinticinco. Algo de eso hay en “Piedra grande sin labrar”. Pero afortunadamente surgieron escenas que no hubiera podido ver antes de escribirlo, como la de la madre fumando un cigarrillo o la del padre huyendo como un ciervo en el bosque.

De la música me fascina la intensidad que puede lograr en tan poco tiempo. Aprendí y aprendo escuchando bandas de los ochentas con sintetizadores de fondo. Me parece increíble que una canción pueda empezar, subir y terminar en apenas tres o cuatro minutos y que en el medio la vida de quien la escuche cambie, es decir que mi ánimo se vea totalmente afectado. Por otro lado son canciones que dan ganas de bailar y al mismo tiempo emocionan y ese contraste me parece necesario.

Viendo películas aprendo otras cosas: la importancia de los detalles, de los gestos, de los colores o del modo de hablar de los personajes. Y sobre todo la elipsis, que es igual a lo que un poema se guarda.

Me alcanzó con haber estado muy cerca de alguien con depresión para saber que la distinción entre cuerpo y mente no existe. Un cuerpo nunca puede estar sano si no hay ganas de levantarse. Personalmente escribir me ayuda a recordar lo unidos que están esos dos planos. Cuando escribís un poema que te gusta o que dice todavía más que el poema que habías imaginado, te sentís agotada pero también más fuerte y más liviana. Es una liberación momentánea y por eso creo que se trata de buscarla  las veces que haga falta.

Hace poco escuché a Daniela Camozzi leer este poema en El Rayo Verde. Se lo pedí porque siento que se hace una pregunta sobre el cuerpo que comparto, y quería compartirlo acá:

la realidad del cuerpo

suele decirse
que un cuerpo aparece
cuando se lo toca
y que antes
no estaba ahí

el mío apenas sale
cuando se choca
con algún mueble
y se magulla
o al apoyar
la mano en la mesada
y así el metal
me devuelve la mano
como propia

ese es también
un cuerpo
pero menos
es como una anticipación
un fragmento
es que si nadie lo toca
él no está
del todo ahí

hasta que sí aparece
como suele decirse
estremecido por la caricia
y deja de ser
un fragmento
que se apoya
en alguna superficie
para tener realidad

con tu caricia aparece
la realidad completa
de mi cuerpo



Poemas


Como patitos llegamos,

como ciegos.

El segundo no vio al primero

el tercero no vio al segundo.

Tan cerca quedó un auto de otro

que mientras la barrera del tren bajaba

tuvimos tiempo de tomar espacio.

El tren iba a venir

pero no venía.

Vi a una chica darle un beso a un chico

y cómo encendían las luces del restaurante.

Y yo que estaba en bici apoyé mi mano

en el techo del auto vecino

para no tener que sostenerme toda

con la punta de los pies.

Y me sentí parte de algo.

Había viento y era mucho

tener una piel.

Era viernes.

Tenía el cuerpo cansado

y dos piernas fuertes.



Hecha jirones, montaña

tirá la ropa, vení

en amasijo nuestras remeras

esa ropa que no sea

más la tuya ni la mía,

Así

que no haga falta volver a ella.




Piedra grande sin labrar

Piedra grande sin labrar
Peña, se llamaba así la calle
donde vivía el amigo de mi hermano.
La primera vez que hice el amor
vi mi ropa manchada.
Fue distinto el color de los autos
que pasaban mientras regresaba a casa.
Fue distinto el color de mi mamá
que ponía la mesa como tantas otras noches
aunque esa fuera para mí
la primera noche de otra era.
El rostro de mi mamá acariciado
mucho antes de que esto pasara
(ella sola en su casa, mi hermano y yo)
por hombres recostados
en pequeñas camas
el humo del cigarrillo marcando en el aire
figuras sin forma.
Uno de esos hombres mi padre
el humo dibujando, en su caso sí,
un ciervo corriendo
perdiéndose en un bosque.
Entonces Peña el nombre de la calle
de la casa del chico
con el que estuve la primera vez.
Después hubo otras:
Arganguren, Tucumán, Aráoz
la calle de un barrio lejano
hasta que llego caminando
a una fiesta en el primer piso
departamento A
de un ambiente en Gurruchaga,
calle empedrada
de árboles viejos
que a las tormentas
les lleva minutos derribar.
Llegué como quien llega a un umbral
y  pasando una línea se transforma.
Descorrí la bolsa de nylon
que ocultaba una botella de cerveza.
Y mi deseo de darle un beso
siendo ella como yo, una mujer.
Y mi deseo de escribir
sobre todo lo que pasaba alrededor:
el colchoncito apoyado en la pared
para silenciar la felicidad de la fiesta
el vecino tocando timbre
para quejarse no, para bailar
y mi mejor amigo acariciando los vinilos
jugando a ser el dj
que todavía no era.
Ana también quiso que la noche fuera larga
que todo recién empezando como estaba,
no terminara tan pronto.
De negro a nublado, el cielo
se nos fue metiendo en los ojos.
La suavidad que conocí esa noche
fue un hacha una pica un revólver
que palpé en mi bolsillo meses después
años después.
La suavidad fue mi antídoto cada vez que hizo falta
mi defensa incluso cuando ella me dejó.
Ahora cuando algo termina
me acuerdo de esa noche
lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo
se tiene otra vez.
Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
El beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa.


Verónica Yattah


Nací el 1° de febrero de 1987 en Lavalle entre Ayacucho y Riobamba.
Lo primero que escribí fueron cuentos. Hice taller con Abelardo Castillo y formé parte del Grupo Alejandría. Después hice taller con Enrique Solinas y Osvaldo Bossi.
Publiqué tres libros: Ella salta la espuma de las olas, Allá es mañana y Los perros también se van.
Trabajo hace cinco años en una oficina.
Soy licenciada y profesora en Letras. De vez en cuando hago entrevistas. Hago reseñas.
Doy clases en “Taller de poesía I” en la Universidad Nacional de las Artes, cátedra Alicia Genovese.
Tengo dos blogs:

viernes, 14 de abril de 2017

EDUARDO ESPINA



Cuando escribo no necesito ni requiero imágenes internas, paisaje, realidad, lecturas previas o diálogos escuchados, sueños, ni etc. La inspiración literaria solo necesita tiempo: para poder hacer bien su trabajo y concluirlo antes de que la imaginación cambie de interés o perspectiva. La inspiración cuando se transforma en procedimiento y luego es escritura odia preguntar, tal como ocurre antes de las entrevistas, “¿cuánto tiempo tenemos?” Escribir, el más sagrado acto de las zoologías (porque el pájaro también canta, pero no escribe), exige antes que nada tiempo: para que las palabras al huir de su misteriosa procedencia se sientan cómodas, como en casa. Tal vez por eso, el sábado es, de los siete que hay, mi día favorito para escribir (y las palabras están de acuerdo conmigo): porque puedo dedicarlo en su totalidad a escribir, sabiendo además que si quiero seguir, como si fuera un maratonista nómada de la imaginación, al día siguiente tengo el domingo, tan lleno siempre de horas libres, the happy few. 

El acto de escribir es tiempo convertido en método. Lo demás, incluso el silencio, viene fácil, gratis; no es más que poner palabras en orden y hacer que en su peculiar disposición lineal no se parezcan a la forma como otros las usaron antes. También para lograr ese objetivo, la intermediación cómplice del tiempo resulta crucial. La imaginación exige saber en qué momento, de todos los disponibles, debe comenzar a trabajar a full para que la inspiración siga llegando. Y cuando llega, en el embate erótico de la creatividad, la mente no puede posponer su actuación en el papel, en la computadora, o donde le toque; debe ser ya, no luego, porque las frases, por ser víctimas bellas de su impaciencia, deben salir y hacerse realidad en el momento mismo en que les toca hacer su aparición; ni antes ni después. No aceptan la prematuridad, pero tampoco la postergación. 

En la sincronía simultánea de tiempo y lenguaje, es cuando la escritura sucede y se anima a decir lo que nunca antes había sido dicho. Es en ese preciso instante de duración sostenida, en que tiempo y lenguaje nacen de nuevo, nuevos.

Finalmente, cuando no escribo, veo fútbol, casi todo el tiempo, incluso los martes. En días afortunados, grito un gol, más de uno, pero después del partido no escribo. La poesía, lo mismo que el fútbol, solo depende de lo que le pasa a ella, de lo que pasa en ella.
Una vez fui a un museo, vi un cuadro de Lucas Cranach, y me dieron ganas de escribir algo. Las ganas, ¿vinieron porque vi el cuadro, o ya las tenía de antes? Nunca lo he podido saber, pero el poema está ahí, el cuadro también, y a veces lo tengo presente. El poema siempre se puede re-crear, el cuadro de Cranach, ya no.


Poemas


Octubre 27, 2010
(Hace dos años, la vida tenía dos años menos)

La época responde al pasado apenas empieza a pesar de las
razones que han de ser las de siempre si uno igual lo piensa.
Corría el río con su largo color marrón arrepentido de haber 
pedido perdón sin saber por dónde fue el agua a dar a la mar
y la luz, adelantándose al lucero que no confía en cualquiera.
¿Qué luz sería ésa? Esa luz, que salió de lo menos sólido, se    
sacaba la transparencia de encima, con demasiada facilidad.
Para los ojos, primero vendrá el viento para quien lo quiera,
tendrá su rastro alguna razón para seguir al cabo de una vida.
En la mente podría haber alguien, un yo mientras llega tarde
el atardecer de acuerdo al cual el cuerpo nunca tiene la culpa.
En la mente, el olvido viene a menos velocidad, borra errores
pertenecientes, cambia de ambiciones, de vida, porque puede.
Con todo eso que debería ser esto, la memoria tienta al tiempo,
desempeña su papel con horas que han aparecido por única vez.
Si te das cuenta, mira, está la invisibilidad para quienes aprendan.
Imitando el ámbito de ambos, los perfumes definen la figura que
a su manera los mantiene enteros entre retratos dando el ejemplo.
En la repetición de los aspectos, lo real se encuentra con un plan.
Vaya modo de procurar entender la idea de algún mundo a través.
A lo largo del único jardín camino a casa –a ti te hubiera gustado–
las flores han dado alcance a cuanto son (habría que decirles a los
muertos por qué la ausencia antes de serlo se hizo pasar por ellos).
Es eso de lo que a partir de ahora podría deducirse, son esos actos
afines a lo recíproco, a la sílaba visitada en la próxima afirmación.
Mal que le pese a la suerte en secreto, el trébol encontrado entra al
rastro por la puerta de atrás, cuando el azar siente que lo traicionan.
¿Será esa la puerta abierta por los nombres al llegar del Sur recién?
Las imágenes junto al resto hacían un esfuerzo por estar presentes.
Traídas al adiós de las presencias por un léxico autodidacta, son la
seda según el gusano, el río de cuya orilla sale en orden la belleza.
Ceibos, pirúes, álamos de monte, rosales sin hacerle mal a nadie;
estas plantas, dieron a oír sus razones con demasiada frecuencia.
Dijo en otra parte Paul Claudel, poeta muy católico: “Escucho. No
siempre comprendo, pero igual respondo”. Tal como en la Biblia,
donde no todo el olvido está perdido, cabe al albedrío del ábrego
responder, porque la fe no sabe cómo, ni menos quedarse a vivir,
a contar los recuerdos que ayudan a resucitar según dicen, pues la
vida son las propias palabras y su sentido los años añadidos a uno.
En este sitio hasta donde el taxi me trajo, dejo que las dalias digan
de qué manera materia y mortalidad pueden llegar hasta el fondo.
Para hacer de cada letra otra más, escribo a través de mí un nombre
propio que la vida prefiere olvidar, primero una sílaba, o sólo ésta.
El error ha sido quedarse cerca, el momento por el cual cualquiera
llega tarde a la persona a punto de dar por cumplido el aprendizaje.
Voy despacio, como haciéndole caso a la razón al seguir de largo.
De un tiempo a esta parte pude aprender el sentido del camposanto,
la ubicación de las tumbas, el valor del racconto para los enterrados,
la importancia de tener palmeras por si el alma al subir las necesita.
Palabras que nunca antes había escrito: velatorio, exequias, mortaja,
crematorio, aproximan la lengua a la prosodia donde se siente sorda.
Salvo que la memoria disponga lo contrario, salgo ileso del resultado.
Aquí a los muertos no les importa qué opinión puedan tener los días,
huyo del clavel del aire con el que otros han hecho un aroma mejor.
Si el mundo es como ahora, entonces dejar el mundo como si fuera.
Empeñado en ser parte del pensamiento, el tiempo prefiere la falta
de explicaciones: las almas, un montón para la tristeza, se animan.


Objetos sin consecuencias
(Algunos de los años inaccesibles a la duración)

Las imágenes prestan sus rostros a las palabras,
una manera de ser para que los nombres puedan.
Se hacen las distraídas para traer tregua al hogar,
causa deseada por el resplandor al abrir la puerta.
Ninguna une la noche al estremecimiento menos
pensado, sobre todo cuando hasta siempre nada
pasa llegando en puntas de pie, pero quién sabe.
La muerte llega antes, en orden alfabético –qué
gran suerte para quienes querían ser primeros al
menos una vez en la vida– y para qué explicar el 
contenido del propósito, el tono antiguo para oír.
En la realidad ésa pasa algo muy parecido a esto.  
Tal cual sucedía en el teatro de la época clásica,
con la muerte entra un ritmo debido al abismo
a modo de idea perdiéndole la pista al pretérito 
imperfecto, al ayer sollozado que no confunde 
el retrato de familia, la que ahora escasea, la de 
tantas tardes en vela, la de antes de ser en forma 
continua la síntesis de cada cual por su cuenta.
En esa obra mientras cae el telón, una alondra 
canta para alargar la algarabía por haber visto
algo, otra alondra –o también la misma– trina,
ninguna idea aplaude, nada cuenta para el uso
de la desazón al quedar a salvo del subjuntivo.
Para no dejar al universo a solas, el cielo hace 
lo que puede, aunque bien podría hacerlo peor.
El tiempo a punto de ser entiende cuanto tuvo.
La vida convertida en los objetos aproximados,
incluso aquellos llegando anoche de la reyerta, 
los que fueron de mi madre por darles su latín.
Son, en ocasiones, un sinónimo anónimo, un
clima desconocido tal cual el Sur quiso serlo,     
y la casa, al ponerse de acuerdo con las cosas. 
Las cosas, queriendo saber cómo las llaman. 
Tenías razón cuando las escuchaste hablar el
día de tu casamiento desenvolviendo regalos
lícitos bajo el raleo del relámpago extranjero,
pues esa noche con la ventisca a favor llovía 
de una vez por todas, sin saber cómo son las 
gotas en la congoja al quedar sola en secreto.
Según el temperamento, primero dependen 
de la pérdida, después, de la penúltima vez.
En esos casos, poco sirve conocer las causas,
porque el luto no depende de algún método
para cambiar la marcha de significado, de    
índole dócil debida a una verdad en veremos,
y al número pertinaz, ¿qué le debe la cuenta
inquieta por haberlo devuelto a la aritmética?
¿Tal vez el cero de la centena, la nada leída al
revés para saber cómo sería si pudiera olvidar?
El cero no es sino una cifra a poner en guardia, 
el instante anterior al tiempo por ir muy lento.
En fin, una forma cuyo anhelo fue conocer el
azar dado el ahínco con que le damos cabida, 
a pesar de que el diccionario trate a la suerte
como una palabra más, amable y exagerada.
Ninguna explicación por ella queda de lado.
A la intemperie aprende a preguntar cómo, 
a su manera la mirada libra al albedrío del
horario, se pone a definir lo real a destajo:
la mesa es una palabra, la lámpara plana a
la que la luz viene porque se lo han dicho,
el jarrón roto al que le cantaron su arrorró,
hasta la silla donde el cansancio está solo,
el cenicero, aunque siga siendo el mismo.
Palabras, cara escrita del significado, más 
no sea para poder decir a partir del léxico,
“esta es la casa a causa de cuanto existe”, 
sillas, sofá por fuera, portarretratos, ratos 
de tal simetría buscándole una solución a 
los ojos donde las cosas son a sabiendas.
¿Valdría la pena tenerlas en cuenta para
decirles de la ausencia infinita de dueña?
A la incomprensión del cuerpo previo se
suma el presente tal cual fue alguna vez 
pensado por los primeros en saberlo, las 
horas al errar, las plantas, implicadas, un 
mundo interior, los objetos, en ese orden.
Y aquel florero, que jamás pudiste saber
quién debió habértelo regalado ni cómo
pudo ponerse de acuerdo con el pasado
para empezar su ciclo entre los claveles: 
el olvido amenazado por una flor de más.
En algunas fotografías, si las ves, el final  
de la historia es la imagen mal entendida,
la extensión del sentido en la certidumbre.
Así es esto, aunque también casi siempre.
De padres a hijo pasa el desconocimiento,
la mente por lo general existe un día más.
Por el momento, está bien. Son cláusulas
como rasgos mal conocidos de antemano, 
como talismán natal del idioma queriendo 
quedar añadido entre la última vez y luego,
entre la luz y otra de la que tanto depende.
A fin de cuentas, el aire hará como pueda,
la vida interpreta por no saber bien dónde,
en qué lugar, en cuál día, ni con quiénes.
A menudo el idioma es la suma de todo,
de una idea posterior, pero qué importa.
La noche nunca es una noción completa,
tampoco el color de la ropa al ponértela,
el de las butacas de cármica encantadas
de estar rodeadas de miradas a medias.
Por si no lo sabías sin perderlo de vista,
el desconocimiento miente a su manera.
El asunto no es la inexistencia de todas
las otras cosas, los objetos sin objetivo.
El problema, Mamá, es la abstracción, 
el vestigio de las voces convertidas en
religión, en un mal intento de ateísmo
a cambio de la primera piedra hallada,
del yo moribundo pidiendo ayuda vivo.
Aun sin decirlo, la vida vino a perdurar.
¿Le daremos el mundo si no hay menos,
las maneras de imaginar algún más allá?
¡Son tantas las preguntas del país tardío!
Pocas semanas antes de que la muerte
fuera la acepción confirmada a tu lado,
preguntaste porque podías si habrá Cielo, 
o algo lejos de los ocelos a donde llegar 
luego de haber ido para durar diferente. 
Ni el pensamiento en su persuasión, ni 
la voz al volver herida supieron decir.
¿Hay, tal rito de ademán desordenado,
de hora débil contra la vil parsimonia?
Nada que nadie sepa cómo haya sido,
porque nada persiste ni nunca es todo
olvido total, otoño añadido al recuerdo.
A menos que las almas no lo tengan en 
cuenta, a la vida entra la última muerte 
acompañada, entran, ritos y respuestas,
cláusulas con sílabas a saber cómo será
la desazón del sinsentido, tan seguido,
y un pensamiento apenas comenzando.
Piensa, pues al pensar empieza: si algo 
habrá luego del tiempo, será según sea,
un acto a solas, una inocencia cansada,
una que en ella alcanza a ceder su sino.
Tan simple como traer a Dios a los días,
como decirle al silencio qué más quiso.  
Al final, el año de la eternidad termina,
las horas son tan sabias que lo saben.
Es tan simple, que hasta parece fácil:
por creer en la otra vida, esta llega.
(Poco necesita la resurrección para
responder al organismo en persona.)
Alrededor del resplandor nada sigue,
la fe a la fuerza tiene plazo hasta hoy.
Si algo queda para ser desconocido,
en el Cielo las cosas podrán decirlo,
las palabras, escribirse unas a otras.

Monólogo del fin al presentirlo: “Que pase el que sigue”
(Causas sin un único regreso)

No lo sabíamos (a esa noción nunca se va en puntas de pie).
Papá desaparecía en las definiciones, Mamá supo enseguida 
que la suerte al terminar de nacer podría decirlo en cualquier 
idioma, quedarse inmóvil hasta que el tiempo dispusiera de
palabras donde quedarse a decir, si es lo primero a tener en
cuenta cuando los días con sus horas seguidas huían al verse  
en el espejo de los demás manteniendo en vivo el nombre ante 
imágenes cada una mejor que ninguna mientras fueran todas.
En aquellos años, el pretérito empezaba un día antes de ayer,
con el habla iba en esa dirección el árbol del bien y del mal a 
menos que las intenciones ansiaran darle al sino otro destino.
El reporte médico dejaba la metafísica para explicar en parte
los pensamientos que con el cáncer acercaban la luz al vacío.
Si Mamá lo hubiese sabido, habría muerto antes de quedarse
más semanas, aunque supo desde el principio a la perfección
cómo respirar despacio, aproximarse al rostro de hace mucho 
que por diciembre en la mente era otro mes aquel culminando
de menos a esto, o al revés porque está bien que el viento vea
de vez en cuando, viento al que solo el aire ha podido divisar.
Aquello no era poesía. Aquel mal a cuestas en las radiografías
no era la salud indudable como tanto antes el cuerpo nos había 
dicho. Uno llega a esas verdades de fondo muy mal preparado,
habiendo aprendido de memoria que también el olvido al venir
a la vida recuerda, que el tiempo pasa hasta que al fin se ha ido.
Tarde vine a comprender la importancia de vivir para decirlo.
Enterrar a los padres es, como pasar por la infancia sin haber
estado para desconocer a qué anónima manera se debió la voz
hablando de todo, del pensamiento al ocupar tan poco espacio,
aunque no es cuestión de comprender sino de continuar hasta
que los años se sientan incluidos por algún panorama interior.
La vida dice que comprende, aprende a querer –de memoria–,
anticipa las simientes antes de entrar a la tierra en estampida.
Mientras traiga lo contrario, habrá que darle un empujón a lo 
que siga cayendo, rodear a las lágrimas para entender la caída,
aunque no sé bien si deberíamos (vivir es haber tenido tiempo).
El resto va rápido, con una velocidad de boda robada a Zenón.
Entre el mal y el entendimiento la mente teme a los momentos
demasiado pronto como para poder pensarlo de un solo tirón.
El entendimiento, lugar donde nunca imaginé llegaría a estar,
hace preguntas para que el vocabulario hable sin tener miedo,
raras veces vence al sentido común diciendo la verdad a secas.
¿Cuál, la de los hechos, la de los datos debidos a la duración?
Eso cualquiera podría decirlo, mirar al reloj para saber cuándo.
De tarde fue, pues el verano tiene muchas, cuando un cadáver
de hombre entró al cuerpo de mi padre, con mi madre estando
pronta para poner a prueba la raíz cuadrada del drama y de los
predicados que en algunas ilusiones fueron desconocimiento, o
¿habrá querido la ignorancia que siguiera al resultado de largo, 
al baldío donde las imágenes daban a las muecas la bienvenida?
Pregunta de cuánto podría ignorar a cambio de quedar perdida, 
la vida debe a la voz su libertad entre ideas desacostumbradas,
se atreve a venir invencible al resplandor para sentirse visitada.
Todo eso como suele serlo fue pensado mientras salíamos con
el miedo y el amor de los muertos hasta poder detener los días,
a quien dijo que nadie se va de esta vida sin enterrar a alguien.
En el camino de vuelta vimos moscas, hasta álamos y limones 
movidos por lo primero que pasara porque hasta el pasado pasó
por la vereda de enfrente comparando la fe con una fecha fija. 
Pensé en el aperiá oído entre (paréntesis), pero pensé también
qué fácil es jugar a desenterrar tesoros, qué difícil enterrar las   
razones por donde anduvo la niñez repartiendo arrepentimiento.
Anduvimos de voz en voz hasta que la tumba nos vio, fuimos y
huimos, de ida y de regreso –tal cual será– a la tierra horizontal.
Rumbo a la puerta de entrada, o de salida, eso depende, la tarde
pensó en seguirnos, aunque lo pensó muy poco: salimos, solos,
como ha de salir el sol hacia dentro al quedar abierta la ventana.
En un papel donde la soledad decía la verdad de a poco, escribí:
“es muy raro dejar el cementerio a la velocidad que uno quiere”.
Sin saber si habíamos ido, volvimos a casa para conocer la nada. 
Estaba, como jamás volvimos a verla, maquillada para la belleza
hallada bajo la llovizna del rayo interpretado, nada sino la misma
nada aún de nadie ni por un día, de ninguno. Por no saber abrirle, 
encontramos a la muerte preguntando, “¿dónde estará la puerta?”


Eduardo Espina

Eduardo Espina, con todo lo que eso implica, nació en Montevideo, Uruguay.  Soy poeta y ensayista. Mis libros más recientes son: Las ideas hasta el día de hoy (Editorial Planeta, 2013), ensayos; y La imaginación invisible, Antología 1982-2015 (Editorial Seix Barral, 2015), poesía. Al momento de terminar esta frase la editorial Mansalva habrá publicado mi nuevo libro, tSURnamis, Vol. I, ensayos. En Uruguay gané dos veces el Premio Nacional de Ensayo, y en 1998 obtuve el Premio Municipal de Poesía.  Mis poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán, holandés, albanés, chino y croata. Las traducciones al chino no las entiendo, pero parecen pinturas basadas en jeroglíficos conmigo dentro. Estoy incluido en más de 40 antologías de poesía, algunas incluso de Uruguay. En 1980 fui el primer escritor uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa, donde vi la nieve por primera vez. Desde entonces radico en Estados Unidos, en un pueblo perdido de Texas que en algunos mapas no aparece. En 2011 obtuve la beca Guggenheim. Con la plata que me dieron viví feliz dos meses y once días. Los  poemas que escribí durante ese periodo son ahora parte de un libro en desarrollo.